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El Lianchi: memoria de un hormigón olvidado

Jorge Matías (1974) ha vuelto a las calles de su infancia en este 2026 con La frontera azul, un libro inclasificable y exquisitamente editado por Altamarea, en su colección Barlovento. Tras superar sus problemas con el alcohol —algo que ya contó con una sinceridad valiente en su primer libro, Vinagre (2023)—, el autor aborda ahora una temática algo distinta y nos ofrece un retrato de su barrio de Alcalá de Henares, el Polígono Puerta de Madrid, también conocido como el Lianchi. El título del libro viene de una serie japonesa de los 70 que se vio mucho en España, durante la Transición. En la ficción, la «frontera azul» rodeaba a Liang Shan Po, un refugio de desterrados.

Adaptándolo localmente, el nombre fue mutando: de Liang Shan Po a Liam Champó, hasta quedarse en ese diminutivo. Lo que hoy vemos nació en los 70; iban a ser pisos de lujo para militares retirados, por eso se construyeron bloques de hormigón capaces de aguantar bombas y con rampas avanzadas para su época. Pero tras la muerte de Franco, el plan cambió: el Estado prefirió realojar allí a familias que venían de las chabolas de Vallecas y el Pozo del Tío Raimundo, y se convirtió así en un aparcamiento de vidas donde convivían obreros, gitanos y mercheros. Es el Lianchi un barrio humilde y feroz, y si alguien componía algún libro sobre él era evidente que el resultado iba a ser una obra cruda, sórdida, casi inverosímil.

Decimos que es una obra difícil de clasificar porque puede verse como una colección de relatos o unas memorias noveladas, pero más allá de eso, en el fondo constituye un testimonio sobre la marginalidad social desde una clara perspectiva obrera que retrata a personas segregadas, al lumpen, a un sistema que siempre encuentra algo más urgente que mejorar. En estas páginas se palpa la violencia social, intrafamiliar y machista, la delincuencia, las carencias, la drogadicción, el alcoholismo, el peligro y las pérdidas, en una trama interconectada y fragmentaria donde abundan los «señalados» y los oportunistas, los desposeídos, los muertos en vida y también los supervivientes. El barrio mismo es un personaje con memoria propia, inserto en un pasado que parece lejano —atrás quedaron la heroína, la colza— pero no lo es tanto, y que nos recuerda que las pequeñas historias hacen la historia con mayúscula.

Acabamos el libro agotados, revueltos, con la sensación de que esa violencia nos ha atravesado. No es una lectura cómoda en absoluto, ni fácil de digerir: es un retrato social opresivo que rebosa desesperanza, y hace que nos fijemos en vidas de personas que nunca supieron si lograrían salir de los confines de esa frontera olvidada. Sin embargo, entre tanta carencia, el autor logra encontrar huecos para un humor cáustico y una cierta ternura que solo alguien que ha crecido allí sabe identificar. Es un libro necesario porque no romantiza la miseria, pero tampoco retira la mirada; nos planta frente a una realidad seca, recordándonos que, para los pobres, nunca hubo presupuesto, pero siempre sobró dignidad para resistir.

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