
Maldita fortuna es la última novela de Myriam M. Lejardi publicada por Crossbook. La literatura ha tendido a explorar la naturaleza humana, a buscar las motivaciones tras sus actos, los desasosiegos que marcan su sino. Así tenemos interesantes personajes literarios como los protagonistas de El conde de Montecristo, Crimen y Castigo o Las mil y una noches. Las tramas se mueven entre la intriga, el misterio y un fin que quieren conseguir. Esquemas habituales que podemos encontrar también en obras más contemporáneas y cercanas a la trama del libro: La casa de papel.
Un casino. Un gato. Cuatro plantas. Diez secuestradores. Diez secuestrados. Este es el tablero que se pone sobre la mesa en Maldita fortuna nada más comenzar. La estrategia parece clara: llevar a cabo un golpe que haga millonarios a los villanos o eso se puede intuir en el comienzo in medias res del prólogo. Sin embargo, el desarrollo de la partida no solo se encuentra influido por el plan milimétricamente calculado, las pulsiones humanas dirán mucho. La intriga se condensará el tiempo que dura este rapto.
La estructura de Maldita fortuna es compleja: conjuga narradores muy diferentes y temporalidades fluctuantes entre el presente y el pasado. Se dibuja una historia que disfruta jugando con la información dada, con la interpretación que hacemos sobre los personajes o las teorías que se configuran en nuestra mente. De este modo, el misterio mantiene un ritmo medido, desestructurado, para mantener la atención de una manera emocionante. También nos encontramos con tramas de romance, amistad y relaciones familiares atravesando el contexto limitado por el casino. Ello crea un trasfondo rico en matices, sugestivo e, incluso, divertido.
Par mí, Maldita fortuna ha sido una lectura vibrante. Son de ese tipo de novela que los personajes te atrapan y quieres saber cuáles son las motivaciones de cada uno, qué historia arrastran. Esto resulta interesante porque la moral, la ética, la integridad no se muestra en términos maniqueos, sino en una escala con diferentes gradientes dibujados en un triángulo. Es un soplo de aire fresco en estos libros más enfocados a un público juvenil: no juzga, no propone una línea de pensamiento, solo que el lector juzgue o no lo que ocurre. Siempre es una apuesta segura leer a Myriam M. Lejardi, pues crea novelas ricas y con calidad.
