Me he topado con Azahara Palomeque (1986-), la autora de Vivir peor que nuestros padres (Anagrama, 2023), en una librería de Granada, con motivo de la presentación de su último libro, Huracán de negras palomas (La Moderna, 2024).
No fue un encuentro casual: nos conocimos veinte años atrás en torno a una revista literaria de la Universidad Carlos III de Madrid (Safo) donde un grupo de jóvenes ilusionados sumaba a sus estudios las inquietudes literarias.
De aquel grupo han surgido profesores universitarios, periodistas mediáticos y analistas: podríamos decir que éramos —o intentábamos ser— gente de valía: la mejor formada, la mejor preparada de la historia, la mejor generación salida tras la democracia… Pero nada de esto aseguraba el éxito: de hecho, nos dice la autora en su libro, hemos sido engañados.
En las ochenta páginas de sus cuatro capítulos, Azahara Palomeque nos muestra que nuestra época, económicamente boyante, no es ya la de nuestros padres: ni podemos soñar con la estabilidad laboral que ellos consiguieron con mucho esfuerzo ni con el eslogan de la recompensa para aquellos que estudiaron, que se comportaron éticamente. “Los buitres” han provocado el “Fin de fiesta”.
Los avances económicos y tecnológicos ya no van acompañados de avances sociales ni tampoco necesariamente de mejor calidad de vida (y puede que, incluso, estemos ante un retroceso ético en el comportamiento de las personas). Tener trabajo ya no implica poder independizarse o pagar un alquiler, como nos recuerdan hace nada los periódicos. Frente a los boomers, los millennials solo pueden contentarse con crecer ante pantallas, aumentar seguidores con sus avatares virtuales, porque la vida real no les permite construir un hogar.
La autora intenta explicar los motivos en este breve ensayo: primeramente, por las políticas neoliberales, que en Occidente favorecieron a las clases altas con bajadas de impuestos y desmantelaron los servicios públicos conseguidos con luchas obreras desde décadas anteriores:
Más o menos desde la llegada del neoliberalismo, con Thatcher y Reagan a la cabeza, los gobiernos occidentales se dedicaron a desmantelar aquellos servicios públicos y sociales que habían servido para elevar el nivel de vida de la clase obrera desde, aproximadamente, la década de 1930 en Estados Unidos, el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa y los albores de la Transición en España. Este proceso ocurrió en paralelo a una bajada de impuestos tanto a las clases más pudientes como a las grandes empresas, y dio como resultado un incremento de la desigualdad social, traducido asimismo en el encarecimiento de bienes de primera necesidad, como la vivienda, y el estancamiento de salarios, creando una tendencia que se recrudeció con las políticas de austeridad implementadas tras las crisis de 2008 y extiende sus tentáculos hasta ahora (p. 25).
En segundo lugar, por el capitalismo salvaje, con la desindustrialización —que nos ha hecho desinstalar nuestras industrias para depender de la de aquellos países como China o India en virtud de un libre mercado que enriquece mucho a solo unos pocos—. Con unas nuevas condiciones laborales, de discontinuidad, deslocalización y perpetua actualización, ya no es posible soñar con un trabajo fijo (salvo en el caso del funcionariado, pero esto también lo quieren cambiar).
Por último, un mundo cada vez más devastado nos ha hecho concienciarnos de las alteraciones climáticas: sufrimos sequías, olas de calor, granizadas a destiempos, ya no tenemos las estaciones delimitadas como antes, ya los recursos no deberían despilfarrarse (pero, frente a la legislación europea, en otros lugares aún se sigue produciendo, contaminando y tirando bajo la estrategia económica del crecimiento continuo); ya no se reutilizan botellas de vidrio como hacían nuestros padres y abuelos, ya no se usan telas o fibras naturales para envasados, solo plástico, ya no hay apenas comercio de cercanía, solo centros comerciales con locales de empresas multinacionales, ya no sale rentable arreglar lo averiado, ahora se potencia la compra de otro producto nuevo, como ya señalaba hace cuarenta años Marvin Harris en American Now: The Anthropology of Changing, Naomi Klein en No logo o el documental Comprar, tirar, comprar de 2010).
Azahara Palomeque es doctora en Estudios Culturales por la Universidad de Princeton. Ha pasado más de una década en el planeta americano y ha desarrollado una conciencia crítica por su experiencia vital y laboral allí.
Libros como los “Nuevos cuadernos Anagrama”, la Biblioteca de Ensayo o los “Breviarios” de Siruela tratan de poner un voz crítica en un panorama social cada vez menos lector y más crédulo, donde políticas territoriales y malas gestiones han llevado a una educación devaluada, a una sociedad individualista y permisiva donde todo vale, sin importar el interés común, con más conocimientos técnicos pero menos enriquecimiento ético de la persona, sin estrategias más allá del ahora para un mejor futuro.
Sería momento de replantearnos si es lo que queremos para nosotros y las siguientes generaciones, o preguntarnos, al menos, si la dirección hacia la que nos llevan los que gobiernan es la adecuada o puede ser mejorada.